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Por: Charles Spurgeon

Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará. Salmos 1:3

Bienaventurado el hombre que puede hacer suya esta promesa y apropiarse de ella. Pero no siempre debemos valorar el cumplimiento de una promesa dentro de los escasos límites de nuestra propia visión; pues a menudo, hermanos, cuando juzgamos las cosas a través de nuestros sentidos humanos, tan endebles como son, llegamos casi siempre a la lúgubre conclusión de Jacob cuando exclamó: “Todas las cosas van en mi contra”.

Pues a pesar de que somos conscientes de nuestra participación en la promesa y de saber que a los que a Dios aman todas las cosas los ayudan a bien, a veces, nuestra visión humana ve las cosas completamente al revés de lo que la promesa anticipa.

Pero a los ojos de la fe, las promesas de la Palabra de Dios son inmutables, y a través de ella percibimos cómo nuestras obras prosperan aun cuando todo lo que sucede a nuestro alrededor parezca indicar lo contrario y nos dé la sensación de que todos los vientos soplan en nuestra contra.

Aunque tampoco debemos confundirnos en el concepto, pues no es prosperidad externa lo que aquí se nos promete, sino prosperidad interna, ésa es la que el cristiano busca y anhela. A menudo, como hiciera Josafat, construimos naves en Tarsis para ir a Ofir en busca de oro, pero siempre se nos rompen en Ezión-geber; aunque, a decir verdad, incluso en esto hay prosperidad puesto que la pobreza, las privaciones y la persecución garantizan la salud del alma.

Con frecuencia nos sucede lo aparentemente peor, cuando en realidad es lo mejor que nos podía suceder. Así como hay una maldición implícita en la prosperidad del malvado, hay también una bendición escondida en las privaciones, cruces, pérdidas y aflicciones del justo.

Las pruebas y tribulaciones del santo pertenecen al área de la administración divina, y es bajo su cuidado que crecen y dan fruto en abundancia.

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