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Por: William Gurnall. (1617-1679)

Cuando Dios le llamó para ser mediador, Jesús encontró su camino cubierto de piedras mucho más afiladas que las que nosotros encontraremos en el nuestro. Tuvo que caminar sobre espadas y lanzas, todas ellas afiladas con la ira de Dios, y esta era la piedra más dolorosa de todas, sin embargo, nos la quitó del camino. Si no hubiera estado calzado de amor por nosotros, bien podría haberse vuelto atrás declarando que el viaje era imposible.

Pero Cristo escogió padecer por nosotros. Le dijo al Padre: «He aquí, vengo […]. El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón» (Sal. 40:7-8). Jesús respondió al llamamiento de Dios como el eco que responde dos o tres veces a las palabras.

Estaba tan dispuesto a sacrificar su vida para salvar a los pecadores que, en la Santa Cena, rompió de forma sacramental su propia carne, y dejó quebrantar su corazón para derramar su preciosa sangre, antes  de que sus enemigos lograran tocarle siquiera. Por ello, no podemos llamar su muerte solo la muerte de un inocente; fue un sacrificio libremente ofrecido a Dios a favor de todos los creyentes.

 Cuando llegó el momento de la tragedia, Cristo salió precisamente adonde sabía que estaría el traidor, y se echó en brazos de la muerte. ¡Qué pena si no estamos dispuestos a andar un par de millas para compartir los sufrimientos de nuestro dulce Salvador! «¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?» (Mt. 26:40). Nos estaba diciendo: «¿No podéis seguir conmigo mientras acepto los amargos dolores de muerte por vosotros?».

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