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Por: John MacArthur

(Juan 20)

A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos. (Juan 20:23)

Como parte de su testimonio sobre Él, los discípulos tienen la autoridad que Él delegó en ellos. Jesús les dijo: “A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos”.

Los católicos han interpretado mal este versículo para decir que la autoridad de los apóstoles para perdonar pecados ha pasado a la Iglesia Católica Romana. Pero las Escrituras enseñan que solamente Dios puede perdonar pecados (Mr. 2:7; Cp. Dn. 9:9).

El Nuevo Testamento no refleja ninguna instancia en que los apóstoles (u otras personas) absolvieran a las personas de sus pecados. Más aún, esta promesa no fue exclusiva para los apóstoles, pues había otros presentes (Lc. 24:33). En realidad, lo que Cristo estaba diciendo era que cualquier cristiano puede declarar que a quienes se arrepientan genuinamente y crean en el Evangelio, Dios les perdonará los pecados.

Por otro lado, pueden advertir que quienes rechazan a Jesucristo morirán en sus pecados (8:24; He. 10:26-27). Tal información no era nueva para los discípulos, pues el Señor había dicho cosas similares mucho antes, en Cesárea de Filipo: “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mt. 16:19). Jesús hablaba aquí de la autoridad delegada a los creyentes.

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Dijo a Pedro, a los doce y, por extensión, a todos los creyentes, que tenían la autoridad para declarar quién está atado al pecado y quién se ha librado de éste. Dijo que los creyentes tienen “las llaves del reino”, el reino de la salvación, porque tienen la verdad salvadora del Evangelio (Ro. 1:16; 1 Co. 1:18-25).

Los cristianos pueden declarar si un pecador tiene el perdón con base en la respuesta de dicho pecador al Evangelio de la salvación. La autoridad de la Iglesia para decir a alguien que está perdonado o que está aún en el pecado viene directamente de la Palabra de Dios.

En Mateo 18:15-20, el Señor enseñó a los discípulos (y por extensión a todos los creyentes) que si un creyente profeso rehúsa darle la espalda al pecado, aun después de haberlo confrontado en privado (vv. 15-16) y reprendido públicamente (v. 17), entonces la Iglesia tiene el mandamiento de tratar al individuo como si fuera incrédulo. Quienes están dentro de la Iglesia tienen la autoridad y la obligación de llamar al hermano pecador al arrepentimiento (vv. 18-20) y de hacerle saber que por su desconsideración flagrante a la Palabra divina ha perdido la comunión con el pueblo de Dios.

En realidad, puede que ni siquiera sea Hijo de Dios (Jn. 8:42; 14:15; 2 Co. 13:5; 1 Jn. 2:3-6). Los creyentes tienen autoridad para esto porque Dios les ha dado su Palabra, que es la norma suprema para juzgar. Su autoridad no proviene de ellos; no se basa en la justicia personal de ellos, en sus dones espirituales o posición eclesiástica. Más bien, viene de la Palabra autoritativa de Dios.

Aquello que es afirmado por las Escrituras, los cristianos lo pueden afirmar dogmáticamente y sin titubeos; aquello denunciado por las Escrituras, los cristianos lo pueden denunciar con autoridad y sin disculparse. Los creyentes no deciden qué está bien o está mal, ellos declaran con audacia lo que Dios ha revelado claramente en su Palabra. El pueblo de Dios debe confrontar el pecado con fidelidad porque las Escrituras lo presentan como una afrenta hacia Dios.

En la medida en que el juicio de ellos se corresponda con las Escrituras, pueden tener la certeza de que está en armonía con el juicio de Dios en el cielo. Cuando las personas rechazan el mensaje de salvación, negando a Cristo y Su obra, la Iglesia tiene la autoridad divina, con base en la Palabra de Dios revelada, para decirle que perecerán en el infierno a menos que se arrepientan (Lc. 13:1-5; cp. Jn. 3:18; 1 Co. 16:22). Por otra parte, cuando las personas profesan fe en Cristo como Salvador y Señor, la Iglesia puede afirmar esa profesión, si es auténtica, con la misma confianza, basándose en pasajes como Romanos 10:9: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”.

La autoridad de la Iglesia proviene de las Escrituras. La Palabra de Cristo (Col. 3:16) es la autoridad suprema dentro de la Iglesia porque Cristo es la Cabeza de la misma (Ef. 1:22; 5:23). Cuando los creyentes obran y hablan de acuerdo con Su Palabra, pueden hacerlo sabiendo que Él está de acuerdo con ellos.

Fuente: Comentario MacArthur de Juan Pág. 828 – 830

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Un comentario en «¿Pueden los creyentes perdonar pecados? – John MacArthur»
  1. Lucas 11:4
    Reina-Valera 1960
    4 Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal.

    NO SOLO PODEMOS, SINO QUE DEBEMOS PERDONAR LOS PECADOS DE OTROS PARA QUE DIOS PERDONE LOS NUESTROS.

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