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Te he probado en el horno de la aflicción. Isaías 48:10

«Todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto» (Jn. 15:2). El fuego no solo quema y purga, sino que separa una cosa de la otra. El Dios Todopoderoso sabe que a menudo somos purgados más en una hora por una buena y profunda prueba, que por mil manifestaciones de Su amor.

Es bueno purificarse, salir perdonados del horno de la aflicción. El horno está destinado para purgarnos con el fin de separar lo precioso de lo inmundo, la paja del trigo. Y Dios, para hacer esto, le complace ponernos en un fuego tras otro. Hay algunos caminos que están finamente pavimentados y lisos, ¡pero el camino del Rey hacia el cielo está lleno de cruces y aflicciones! ¡Mis hermanos, necesitamos ser purgados! ¡Qué tan aptos somos para querer ir al cielo en una cama de plumas! Sin embargo, muchos van acostados allá sobre camas de dolor y languideciendo, que es la carretera del Rey.

Dios no nos pondría en el fuego, si no hubiera algo que purgar. Lo grandioso es aprender a glorificar a Dios en el fuego.

Glorificamos a Dios en el fuego cuando silenciosamente lo soportamos como un castigo y cuando lo sobrellevamos pacientemente. Es algo terrible cuando decimos con Caín: «¡Mi castigo es demasiado grande para soportarlo!» (Gn. 4:13).

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Pero el lenguaje de un alma que glorifica a Dios en el fuego es este: «¿Por qué he de quejarme, Señor, yo un hombre pecador por el castigo de mis pecados?» (Lm. 3:39). Glorificamos a Dios en el fuego cuando, aunque sentimos dolor y angustia, al mismo tiempo decimos: «¡Señor, merecemos esto y diez mil veces más!»

También glorificamos a Dios en el fuego cuando estamos realmente y plenamente convencidos de que Dios nos pondrá en el horno solo para nuestro bien y para Su propia gloria. Glorificamos a Dios en el fuego cuando decimos: «¡Señor, no dejes que se apague el fuego hasta que haya purgado toda mi escoria!» Glorificamos a Dios en el fuego cuando el alma puede decir: «Heme aquí, Dios mío, haz conmigo lo que bien te parezca. ¡Sé que no tendré una adversidad innecesaria!»

Glorificamos a Dios en el fuego cuando no nos quejamos, sino que nos sometemos humildemente a Su voluntad. Cuando ese horrible mensaje fue traído a Elí, ¿qué dice él? «El Señor es; haga lo que bien le pareciere» (1 S. 3:18). Si mis hijos se mueren, lo que sea que se haga, ¡es obra del Señor! ¡Glorificamos a Dios en el fuego cuando nos regocijamos en Él, cuando podemos agradecer a Dios por golpearnos, cuando podemos agradecerle por habernos azotado!  

¡Bienaventurados son aquellos que han entrado en el fuego de Cristo!

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