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Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor . . . . Apocalipsis    1:8

¡Dios siempre es el primero y, por cierto, será el último!

En el plan de Dios, no le está permitido al hombre emitir la primera ni la última palabra. Esa es prerrogativa de la Deidad, y es algo que el Señor nunca transferirá a sus criaturas.

El hombre no tiene nada que decir con respecto al tiempo o al lugar de su nacimiento; Dios lo determina sin consultarle. Un buen día, el pequeñito se encuentra con vida y acepta el hecho de ser. Aquí comienza su vida volitiva.

Antes de ese momento no tenía nada que decir con respecto a ninguna  cosa.

Seguidamente, se pavonea, comienza a jactarse y, animado por el sonido de su propia voz, puede llegar a declararse independiente de Dios.

Diviértete, hombrecito, tan sólo estás parloteando en el lapso entre el principio y el fin. ¡No tuviste ni voz ni voto al principio y tampoco lo tendrás al final!

Dios se reserva el derecho de poner fin a lo que Él mismo dio comienzo, y estás en sus manos, lo quieras o no.

Adán se convirtió en un alma viviente, pero esta conversión no tuvo lugar por su propia voluntad. Fue Dios quien quiso y quien ejecutó su voluntad al hacer de Adán un alma viviente. ¡Dios fue el primero!

Y cuando Adán pecó y arruinó su vida, Dios aún estaba allí. Toda la paz futura de Adán radicaba en esto, que Dios aún estaba allí después de que el hombre pecó.

Seríamos muy sabios si comenzáramos a vivir a la luz de esta maravillosa y terrible verdad: ¡Dios es el primero y el último!

Tomado de Manantiales en el Desierto. Recopilado por Marcial Dionisio y Editado por Miguel Ángel

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