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Por: Charles Spurgeon

1. Vengan, hijos de Dios, y bendigan su precioso nombre; ¿No canta toda la naturaleza alrededor? Si estuvieran en silencio, serían una excepción en el universo. ¿No le alaba el trueno mientras suena como tambores redoblando en la marcha del Señor de los ejércitos? ¿No le alaba el océano cuando palmea sus miles de manos? ¿No ruge el mar y toda su plenitud? ¿No le alaban las montañas cuando, en sus cumbres, sus frondosos bosques se mecen en adoración? ¿No escriben los rayos su nombre en letras de fuego sobre la oscuridad de la medianoche? ¿No le da alabanza este mundo y sus incesantes revoluciones (dando vueltas y vueltas) girando perpetuamente? ¿No tiene toda la tierra una voz, y nos quedaremos nosotros callados? ¿Se quedará mudo el hombre, en silencio, para el cual fue creado el mundo, los soles y las estrellas? No, déjalo que él tome la iniciativa. (“Magnificat.” Sermon #340, publicado en octubre 14, 1860.)

2. Muchas de nuestras dudas y temores se irían si alabáramos más a Dios. Y muchas de nuestras pruebas y nuestros problemas desaparecerían si comenzáramos a cantar de nuestras misericordias. Posiblemente, ¡la depresión de espíritu que no se rinde a toda una noche de lucha, se rendirá en diez minutos de acción de gracias ante Dios! (“Christ’s Indwelling Word.” Sermon #2679, publicado en junio 17, 1900.)

3. ¡No cantamos lo suficiente, hermanos y hermanas! ¡Con cuánta frecuencia los estoy exhortando  acerca del tema de la oración, pero tal vez deba ser así de intenso en cuanto al tema de la alabanza! ¿Cantamos tanto como las aves? Aun así, ¿Qué razón tienen las aves para cantar, en comparación a nosotros? ¿Crees que cantamos tanto como lo hacen los ángeles? Aun así, ¡Ellos nunca fueron redimidos por la sangre de Cristo! (“Holy song from Happy Saints.” Sermon #3476, publicado en septiembre 16, 1915)

4. ¡Se crearía un cambio casi milagroso en las vidas de algunas personas si insistieran en hablar más de las cosas preciosas y menos de las preocupaciones y de los males! ¿Por qué siempre la pobreza? ¿Por qué siempre los dolores? ¿Por qué siempre el niño que muere? ¿Por qué siempre el pequeño salario del esposo? ¿Por qué siempre la falta de amabilidad de un amigo? ¿Por qué no hablar a veces… Sí. …por qué no hablar siempre—de las misericordias del Señor? ¡Eso es la alabanza y debería ser nuestra vestidura cada día! (“The Garment of Praise.” Sermon #3349, publicado en abril 10, 1913.)

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5. Alabar a Jesucristo durante el día es algo grandioso; pero no hay música más dulce que la del ruiseñor, y éste alaba a Dios por la noche. Es bueno alabar al Señor por su misericordia cuando tienes salud, pero asegúrate de hacerlo cuando estés enfermo, porque entonces tu alabanza probablemente será más genuina. Cuando estás en profundo dolor, no le quites a Dios la gratitud que se le debe; nunca disminuyas su debida alabanza cuando lo demás escasea. Alábale en los tiempos de los címbalos resonantes con todo tu corazón y ser; pero cuando no puedas hacerlo, solo siéntate y brinda su alabanza en silencio solemne en la profunda quietud de tu espíritu. (“The Object of Christ’s Death.” Sermon #2483, publicado en septiembre 20, 1896.)

6. Seguramente, la bondad y la misericordia han iluminado todos los días de nuestras vidas. Cada día ha sido tan maravilloso [con Su misericordia, Su bondad], que, si tuviéramos que vivir solo ese día, hubiéramos tenido razón para alabar al Señor por siempre y para siempre. “Love at Its Utmost.” Sermon #1982, publicado en septiembre 11, 1887.

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Tomado de ©Aviva Nuestros Corazones. www.AvivaNuestrosCorazones.com  info@AvivaNuestrosCorazones.com

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