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Por: Charles Spurgeon

Cuando el hombre es hecho hijo de Dios no le es dada tal provisión de gracia que le dure hasta la eternidad, sino solamente para aquel día, y es necesario que le sea dada para el día siguiente, para el otro y para el otro, y así hasta que el tiempo se acabe; de lo contrario, de nada servirá la que recibe al principio.

Así como el hombre no puede vivificarse espiritualmente a sí mismo, tampoco puede luego mantener esa vida. Podrá alimentarse de comida espiritual para preservar su fuerza espiritual, podrá andar en los mandamientos del Señor para gozarse en su paz y reposo, pero su vida interior, tanto después como cuando fue engendrada, depende del Espíritu.

Creo firmemente que, si llegara a poner mis pies en el dorado umbral del paraíso para empuñar su nacarado llamador, jamás podría hacerlo si la gracia no me ayudara a dar el último paso que me introdujera en el cielo. Nadie tiene poder por sí mismo, ni aún el convertido, sino el que diaria, constante y perpetuamente le es infundido por el Espíritu. Pero los cristianos se erigen frecuentemente en señores independientes, y dicen: “Mi roca está firme, y nunca resbalaré”. Mas antes de que pase mucho tiempo, el maná empezará a corromperse. La intención fue que sólo sirviera para un día, pero nosotros lo guardamos para mañana, y entonces nos falta.

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Es necesario que tengamos gracia nueva. De manera que buscad día tras día gracia nueva. Frecuentemente el cristiano quiere que, en un momento, le sea otorgada gracia para un mes. “¡Oh!”, dice, “cuántas aflicciones me rodean, ¿cómo podré soportarlas? ¡Ay, si yo tuviese gracia suficiente para resistirlas todas!” Mis queridos amigos, tendréis gracia suficiente para todas, conforme se vayan acercando una a una. “Como tus días tu fuerza”; pero no según tus meses o tus semanas. Recibirás tu fuerza como recibes el pan. “El pan nuestro de cada día dánoslo hoy.” Danos hoy la gracia de cada día. ¿Por qué os afligís por las cosas del mañana? La gente dice; “Cuando llegues al puente, crúzalo.”

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He aquí una buena máxima. Ponedla vosotros en práctica. Cuando llegue una dificultad, atacadla, derribadla y vencedla; pero no os anticipéis a vuestras calamidades. “¡Ah!, pero tengo tantas”, dirá alguno. Bien, ve haciendo frente, pues, a las que se acerquen, y no te preocupes de las más lejanas. “Basta al día su afán.” Haz como aquel valiente griego, Leónidas, quien, defendiendo su patria de los persas, no bajó a pelear en la llanura, sino que apostó a sus espartanos en el estrecho paso de las Termópilas de forma que, cuando las abrumadoras fuerzas del enemigo fueron llegando, hubieron de pasar uno a uno y así los fue batiendo. Si se hubiera aventurado a bajar al llano, pronto habría sido devorado y sus exiguas tropas fundidas como gotas de rocío en el mar. Apostaos en el estrecho paso del hoy, y pelead con vuestras aflicciones una por una; pero no bajéis a la planicie del mañana, porque seréis dispersos y muertos. Si el mal es bastante, la gracia también lo será.

Tomado de “No hay otro evangelio” pág. 473 -474

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