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Por: J. C. Ryle

Nosotros mismos no podemos trabajar en este poderoso cambio. No está en nosotros. No tenemos fuerza ni poder para hacerlo.


Podemos cambiar nuestros pecados, pero no podemos cambiar nuestros corazones. Podemos tomar un nuevo camino, pero no una nueva naturaleza. Podemos hacer reformas y cambios considerables. Podemos dejar de lado muchos malos hábitos externos y comenzar muchos deberes externos. Pero no podemos crear un nuevo principio dentro de nosotros. No podemos sacar algo de la nada. El etíope no puede cambiar su piel, ni el leopardo sus manchas; no podemos poner vida en nuestras propias almas (Jer. 13:23).

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Otra cosa es igualmente clara: nadie puede hacerlo por nosotros. Los ministros pueden predicarte y orar contigo, recibirte… en el bautismo, admitirte en la Mesa del Señor y darte el pan y el vino; pero no pueden otorgarte vida espiritual. Pueden traer orden en el lugar del desorden y decencia externa en el lugar del pecado abierto. Pero no pueden ir por debajo de la superficie. No pueden llegar a sus corazones. Pablo puede plantar y Apolos regar, pero sólo Dios puede dar el crecimiento (1 Co. 3:6)

¿Quién, entonces, puede hacer que un alma muerta viva? Nadie puede hacerlo excepto Dios. Sólo Aquel que sopló en las fosas nasales de Adán el aliento de vida puede hacer de un pecador muerto un cristiano vivo. Sólo Aquel que formó el mundo de la nada en el día de la creación puede hacer del hombre una nueva criatura. El único que dijo: “Sea la luz; y fue la luz” (Gn. 1:3) puede hacer que la luz espiritual brille en el corazón del hombre.

Sólo Aquel que formó al hombre del polvo y dio vida a su cuerpo, es el único que puede dar vida a su alma. Suyo es el oficio especial para hacerlo por su Espíritu y suyo también es el poder.

Lector, el glorioso evangelio contiene provisiones para tu vida espiritual, así como para tu vida eterna. Los muertos deben venir a Cristo y Él les dará vida y paz. Él es capaz de hacer todo lo que los pecadores necesitan. Él los limpia con su sangre. Él los hace vivir por su Espíritu. El Señor Jesús es un Salvador completo. Esa poderosa Cabeza viviente no tiene miembros muertos. Su pueblo, no sólo es justificado y perdonado, sino que también es vivificado junto con Él y hecho partícipe de su resurrección. Por Él, el Espíritu se une al pecador y lo eleva por esa unión, de muerte a vida. En Él, el pecador vive después de haber creído. La fuente de toda su vitalidad es la unión entre Cristo y su alma, la cual el Espíritu inicia y mantiene. Cristo es la fuente designada de toda vida espiritual y el Espíritu Santo es el agente designado que transmite esa vida a nuestras almas.

Extracto de ¿Vivo o Muerto?, disponible en CHAPEL LIBRARY

J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana; nacido en Macclesfield, Condado de Cheshire, Inglaterra, Reino Unido


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