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Por: Charles Spurgeon

Aquel que ignore en su predicación cualquier condición de personas, no sabe predicar el Evangelio enteramente. ¿Subiré al púlpito para limitarme a hablar de ciertas verdades, solamente para el consuelo de los santos de Dios? No procederé de esa forma. Dios da a los hombres corazón para amar a sus semejantes, ¿y no vamos a permitir la manifestación de ese corazón? Si amo al impío, ¿no tendré nada que decirle? ¿No le hablaré del juicio venidero, de la justicia y de su pecado? No quiera Dios que me insensibilice y me torne inhumano hasta el extremo de permanecer con los ojos secos cuando considere la perdición de mis semejantes, limitándome a decirles: “¡Estáis muertos, no tengo nada de que hablaros!”, predicando esta condenable herejía, si no de palabras, de efecto, de que los hombres serán salvos si han de serlo, y que si no están destinados para la salvación, no se salvarán; que, necesariamente, no pueden hacer nada más que sentarse y esperar, y que no importa que vivan en pecado o en justicia, porque algún hado poderoso les tiene sujetos con irrompibles cadenas, y su destino es tan cierto que pueden seguir viviendo en pecado.

Yo creo que, efectivamente, su destino es cierto, y así serán salvos si son elegidos, y si no, serán condenados eternamente; pero lo que no creo es la herejía que se infiere de ello, por la que los hombres se hacen irresponsables y permanecen cruzados de brazos. Esto es un error contra el cual he protestado siempre, considerándolo como doctrina diabólica y en ningún modo de Dios. Creemos en el destino y en la predestinación; creemos en la elección y en la no-elección; pero, a pesar de todo, creemos también que debemos predicar a los hombres: “Cree en el Señor Jesucristo v serás salvo”, más si no crees en Él estás condenado.

Tomado de “No hay otro evangelio” pág. 57

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