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Por: Charles Spurgeon

Todavía queda corrupción en el pecho del regenerado; todavía su corazón es parcialmente impuro; todavía existen deseos y pensamientos pecaminosos. Mas mi alma se llena de gozo al saber que llegará el día en que Dios acabará la obra que ha empezado, y se la presentará, no solamente perfecta en Cristo, sino también perfecta en el Espíritu, sin ninguna clase de mancha, impureza o cosa semejante.

Y, ¿Es verdad que este pobre corazón depravado será tan santo como el de Dios?; ¿Es verdad que este pobre espíritu que a menudo exclama: “¡Miserable hombre de mí! ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte?” será liberado de la  muerte y del pecado?; ¿es verdad que no habrá maldad que atormente mis oídos, ni pensamientos impíos que perturben mi paz? ¡Oh!, hora feliz; ¡quiera Dios adelantarla! Cuando yo muera, la santificación habrá concluido; pero hasta ese momento, nunca trataré de encontrar perfección en mí.

Entonces, cuando llegue el instante de la partida, mi espíritu recibirá el último bautismo de fuego por el Espíritu Santo. Seré puesto en el crisol para la última prueba al horno; y entonces, libre de escoria y pulido como una cuña de oro puro, seré  presentado a los pies del Señor sin el menor grado de impureza o mezcla.

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¡Oh, gloriosa hora! ¡Oh, bendito momento! Creo que anhelaría morir, aunque no hubiera cielo, si sólo pudiera obtener esa última purificación, y salir de las aguas del Jordán blanco y limpio. ¡Oh, quedar limpio, puro y perfecto! Ni un ángel será más puro que yo; Sí, ¡ni el mismo Dios más santo! Y podré decir en dos sentidos: “Soy limpio, Gran Dios, lo soy por la sangre de Jesús y también por la obra del Espíritu Santo”. ¿Verdad que debemos alabar el poder del Espíritu Santo en este hacernos aptos para permanecer ante nuestro Padre en los cielos?

Tomado de “No hay otro evangelio” pág. 354 -355


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