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Por: Charles Spurgeon.

¿De dónde procede este desagrado por los cultos ordinarios del santuario? Creo que la respuesta, hasta cierto punto, apunta en una dirección que pocos sospechan. Ha habido un creciente proxenetismo en favor de las tendencias sensacionalistas; y a medida que aumenta este lamentable apetito, mayor satisfacción se le da, y por fin llega el momento en que es imposible satisfacer sus exigencias. Los que han introducido en sus cultos toda suerte de atracciones tienen la culpa de que la congregación deje de lado sus enseñanzas de tipo más sobrio, y pida, cada vez más, cosas ruidosas y singulares. Como en el alcoholismo, la sed de excitaciones aumenta.

Al principio, es posible calmar el espíritu acalorado; pero el siguiente trago ha de ser más fuerte, y pronto es necesario pasar de la medida. El bebedor de hábito quiere algo más fuerte que el licor puro, por muy mortífero que pueda ser el trago. Se cuenta de una bebedora que decía, levantando la copa: «¿A eso le llama usted ginebra? Yo conozco un lugar donde por tres peniques puedo tomar un trago que le quemaría a usted las entrañas». Sí, de la ginebra se pasa al vitriolo; y lo sensacional lleva a lo ofensivo, cuando no a lo blasfemo. No quiero condenar a nadie, pero confieso que me siento profundamente apenado al ver algunas de las invenciones de la obra misionera de nuestros días.

Fragmentos tomados del libro “Un ministerio ideal” p. 315 -316 el cual recopila varios sermones del pastor Spurgeon dictados en la Conferencia Anual de ministros



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