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Por: Charles Spurgeon

El Catecismo de la Asamblea de Westminster pregunta: ¿Cuál es el más alto e importante fin del hombre?” A lo que se responde: “El fin más alto e importante del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre”. La respuesta es correctísima, pero hubiera sido igualmente exacta con menos palabras. El fin principal del hombre es “agradar a Dios”; porque haciéndolo así, no es necesario decirlo pues es un hecho evidente, se agradará a sí mismo.

Creemos que la meta principal del hombre en esta vida, y en la venidera, es complacer a su Hacedor. Si alguno agrada a Dios hace lo que más conviene a su felicidad temporal y eterna. El hombre que agrada a Dios atrae sobre si gran bienaventuranza, porque el complacerle es señal de que Él lo ha aceptado como hijo, le ha otorgado las bendiciones de la adopción, ha derramado sobre él las mercedes de Su gracia, lo ha santificado en esta vida y le ha asegurado una corona de eterna felicidad que brillará sobre sus sienes con resplandor inmarcesible cuando todas las diademas de las glorias terrenales se hayan deshecho.

Mientras que, por el contrario, el que no agrada a Dios atrae sobre sí inevitablemente penas y sufrimientos en esta vida, mete gusanos y  podredumbre en el corazón de todas sus alegrías, llena de espinas su almohada de muerte e incremento el fuego eterno con haces llameantes que lo consumirán para siempre.

El que agrada a Dios corre, por la gracia divina, en pos del último galardón de todos aquellos que aman y temen al Señor; pero el que le desagrada, porque así lo dice la Escritura, será desterrado de la presencia del Todopoderoso y, por consiguiente, del goce de la felicidad. Así pues, tenemos razón al decir que complacer a Dios es ser feliz.

Tomado de “No hay otro evangelio” pág. 431 -432

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