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Por: Charles Spurgeon

Yo creo que, para el creyente, la elección es una de las doctrinas más despojadoras de su amor propio -para quitar toda confianza en la carne, o toda seguridad en lo que no sea Jesucristo-. Cuán a menudo nos prendamos de nuestra propia justicia y nos adornamos con las falsas gemas de nuestras obras y virtudes. Decimos: “Seré salvo, porque tengo tal y cual evidencia». Pero no es eso lo que salva, sino la fe sola, sin nada más; esa fe en el Cordero que no tiene en cuenta las obras, pero que es el origen de ellas. Cuántas veces buscamos apoyo en cosas que no son nuestro Amado, y confiamos en algún poder distinto del que viene de lo alto. Así pues, si queremos evitar esto debemos considerar la elección. Detente, alma mía, y medita esto. Dios te amó antes de que tuvieras el ser; te amó cuando estabas muerta en delitos y pecados, y envió a su Hijo a morir por ti.


Él te compró con su preciosa sangre mucho antes de que tú supieras balbucear su nombre. ¿Puedes, entonces, ser orgullosa? No conozco nada, nada en el mundo, que sea más humillante para nosotros que esta doctrina de la elección. Muchas veces he tenido que caer postrado ante ella cuando he intentado comprenderla. He agitado mis alas, y, cual águila, me he remontado al sol.

Constante ha sido mi ojo y seguro mi vuelo; pero cuando he llegado cerca de Él, y aquel pensamiento -“Dios os ha escogido desde el principio para salvación”-, se ha apoderado de mí, me he perdido en su resplandor, he sido cegado por su luz; mi alma ha temblado ante tan inescrutable idea, y ha caído deshecha y rota desde aquella cima de vértigo, diciendo: “Señor, yo no soy nada, yo soy menos que nada. ¿Por qué yo? ¿Por qué yo?” Amigos, si queréis ser humillados, estudiad la elección, porque ella os humillará por el poder del Espíritu Santo.

El que sienta orgullo por su elección no es elegido; y aquel que se sienta humillado por ella, puede creer que lo es; porque tiene uno de sus más benditos efectos: que nos ayuda a todos a humillarnos delante de Dios.

Tomado de “No hay otro evangelio” pág. 317 – 318

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