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Por: Charles Spurgeon

El labrador, cuando duerme, no puede arar sus campos, ni sembrar su simiente, ni inquirir en las nubes, ni recoger la cosecha. El marinero no puede recoger velas ni gobernar su barco por el océano, cuando le invade el sopor. Es imposible que los hombres tramiten sus negocios en la Bolsa, en la Banca, o en las casas comerciales, con los ojos completamente cerrados por el sueño. Sería algo verdaderamente singular el contemplar un país de durmientes, porque nos hallaríamos ante una nación inactiva: nadie explotaría las riquezas del suelo, nadie tendría donde cobijarse, ni qué comer, ni qué vestir, y todos morirían de hambre. Y sin embargo, ¡cuántos hay en el mundo que están realmente inactivos porque duermen! Sí, inactivos. Y quiero decir con esto que sólo muestran su actividad en una dirección, y no precisamente en la que debieran.

¡Oh, cuántos hay que están totalmente ociosos en todo cuanto sea para la gloria de Dios, o para el bienestar de sus semejantes! Para ellos mismos, son capaces de “levantarse temprano, acostarse de madrugada, y comer el pan con temblor”; para sus hijos, que no son otros que ellos mismos, se afanarán hasta que les duela el alma, se fatigarán hasta que sus ojos se les enrojezcan en las cuencas, hasta que el cerebro les estalle y no puedan hacer más; pero por Dios no se molestarán.

Muchos dicen que no tienen tiempo y otros confiesan francamente que no tienen ganas: a la iglesia de Dios no consagrarían ni una hora, mientras que para los placeres del mundo serían capaces de dedicar un mes. No pueden emplear con los pobres su tiempo y su cuidado. Para su propio solaz y diversión no escatiman un minuto; pero para lo bueno, para hacer obras, de caridad. para actos piadosos, dicen que no les queda un momento libre, cuando en realidad es que no quieren.

¡Cuántos hay de los que profesan ser cristianos que duermen de esta manera! Están inactivos. Mientras los pecadores mueren en la calle por centenares, y los hombres se hunden en las llamas de la ira eterna, ellos se cruzan de brazos, diciendo ¡qué lástima!, y no hacen nada por las pobres almas que perecen que demuestre lo sincero de su pena.

Asisten al culto, se sientan tranquilamente en sus cómodos bancos, y confían en que el ministro les alimente cada domingo; pero no hay ni siquiera un niño que haya sido enseñado por ellos en la escuela dominical, ni un solo folleto ha sido repartido por ellos en los barrios humildes, ni jamás han hecho nada que pudiera servir como medio de salvación para otras almas. Los consideramos como buenas personas, e incluso alguno de ellos será elegido para diácono; sin duda son buenas personas, tan buenas como honorable era Bruto, a juzgar por las palabras que pronunciara Antonio: “Así somos todos nosotros, todos honorables”. Todos seríamos buenos si ellos lo fueran. Mas estos sólo son buenos para una cosa: para comerse el pan sin arar el campo y beber el vino sin cultivar las vides.

Ellos creen que han de vivir para sí mismos, olvidando que “ninguno vive para sí, y ninguno muere para sí”. ¡Oh!, cuán gran cantidad de durmientes tenemos en todas nuestras iglesias y capillas; porque, sinceramente, si nuestras iglesias despertaran de una vez, en cuanto a lo material se refiere, hay suficientes hombres y mujeres convertidos, suficientes dones en ellos, suficiente dinero y suficiente tiempo, para que (si Dios concediese la abundancia de su Santo Espíritu, cosa que Él estaría dispuesto a hacer si todos fuesen celosos), el Evangelio pudiera ser anunciado por todos los rincones de la tierra.

La Iglesia no tiene motivo para inmovilizarse por falta de instrumentos ni por falta de brazos: tenemos todo cuanto necesitamos, menos la voluntad: tenemos todo cuanto podemos esperar que Dios de para la conversión del mundo, menos un corazón capaz de tal empresa y el Espíritu derramado en medio de nosotros. ¡Oh hermanos!, “no durmamos como los demás”. Y “los demás” podréis encontrarlos en las mismas condiciones tanto en la iglesia como en el mundo: “el desecho” de ambos está completamente dormido.

Antes de dar por terminada la explicación de este primer punto, es necesario decir que el mismo apóstol nos proporciona parte de la misma, pues la segunda mitad del versículo, “velemos y seamos sobrios”, se nos presenta como el reverso de dormir, que es justamente lo que el apóstol quería decir. “Velemos.” Hay muchos que nunca velan. Jamás están vigilantes contra el pecado, jamás están advertidos contra las tentaciones del enemigo, jamás están alerta contra ellos mismos y contra “la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida”.

Tampoco están atentos a las oportunidades de hacer el bien; descuidan el instruir al ignorante, el confirmar al débil, el consolar al afligido, el socorrer al necesitado. Desperdician la ocasión de glorificar a Jesús o de estar en comunión con Él, descuidan sus promesas, no confían en recibir respuestas a sus oraciones, no esperan la segunda venida del Señor Jesús. He aquí el desecho del mundo: no velan, porque están dormidos. Pero velemos nosotros: así demostraremos que no estamos adormecidos

Tomado de “No hay otro evangelio” pág. 529 – 531


Un comentario en «Cristianos inactivos | Charles Spurgeon»

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