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Por: Charles Spurgeon

Cuando Dios comienza la obra de cambiar el corazón, encuentra plena aversión a que tal cambio se realice. El hombre, por naturaleza, se resiste y lucha contra Dios en su oposición a ser salvo. Yo mismo he de confesar que, si por mi deseo hubiera sido, jamás hubiese sido salvado.

Durante tanto tiempo como pude me rebelé y sublevé y peleé contra Dios. Cuando Él quería que yo orara, o que escuchara la palabra de sus ministros, yo no lo hacía. Y cuando esto ocurría, y las lágrimas rodaban por mis mejillas, me las secaba y me resistía a que ablandara mi corazón, distrayéndole con placeres pecaminosos cuando era enternecido.

Y cuando no era de esta forma, trataba de defenderme con mi propia justicia, y no hubiera sido salvado si el soplo eficaz de su gracia no me hubiese acosado, venciendo toda oposición con su esfuerzo irresistible. Él conquistó mi depravada voluntad, haciéndome inclinar ante el cetro de su gracia. Y así ocurre en todos los casos. El hombre se subleva contra su Hacedor y Salvador; pero cuando Dios determina salvarlo, lo salva. Dios se posesionará del pecador, si así lo decide. Ni uno solo de Sus propósitos ha sido frustrado jamás.

El hombre se resiste con toda su fuerza, pero todo su poder, tan tremendo como es para el pecado, no tiene punto de comparación con la virtud majestuosa del Altísimo cuando cabalga en Su carroza de salvación. Él salva irresistiblemente, y, victoriosamente, conquista el corazón del hombre.

Tomado de “No hay otro evangelio” pág. 267 – 269


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