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Por: Gardiner Spring (1785 – 1873)

Todo creyente verdadero debe aprender a hacer de la cruz de Cristo el centro de sus esperanzas. Cristo es nuestro único refugio; en el habita toda la plenitud.

Nuestra salvación está solamente en Él. Él es la única luz verdadera para el camino. Él nos ha sido hecho por Dios «sabiduría, justificación, santificación y redención». (1 Corintios 1:30). Por muchos y muy graves que sean los pecados, apoyémonos en Él, pongámonos en Sus manos, y El será cada día más precioso para nosotros: precioso en la vida, precioso en la muerte, precioso para siempre. Mientras la vida esté escondida con Cristo en Dios, aunque de ella a veces solo pueda escucharse una débil palpitación, nunca cesarán del todo sus latidos, nunca perecerá. ¡Animo, pues!
«Levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas» (Hebreos 12:12).

Antes quedaría el universo reducido a nada a que el más débil de los creyentes caiga y se pierda para siempre. No nos asombremos de que sobrevengan pruebas y aflicciones; no nos espantemos en medio de las debilidades y desalientos. «No temas […] el Santo de Israel es tu Redentor» (Isaías 41:14). Dios dice: «No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia» (Isaías 41:10). ¿No es eso bastante? «¡Gracias por su don inefable!» (2 Corintios 9:15).

Vamos a terminar rogando que, si el lector es creyente, se entregue totalmente al Señor: «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de
Dios». (1 Corintios 6:19-20). Dad a Dios lo que es de Dios. No hay mayor gozo ni mejor privilegio que entregarse a sí mismo con todo lo que tenemos a Dios.

¡Vayamos, pongamos a los pies de Jesús cuanto somos y cuanto tenemos, y decidámonos a servirle en todo! De ahora en adelante, honremos al Señor sobre todas las cosas: «Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias» (Colosenses 2:6-7) ¡Sí, Salvador mío, hasta ahora he servido a otros amos además de ti, pero ahora solo quiero servirte a ti, Jesucristo, Dios Eterno, revelado en forma humana! ¡Yo soy tuyo, solamente tuyo, para siempre!

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