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Por: William Gurnall

“A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” Romanos 8:28

De la misma manera que Dios utiliza todas las estaciones del año para producir la cosecha, tanto el frío y la nieve del invierno como el calor estival, así también emplea el bien y la desgracia, las  providencias gratas y las desagradables, para fomentar la santidad.

La providencia invernal mata los hierbajos del deseo y la estival hace madurar los frutos de justicia. Aun cuando Dios nos aflige es para bien, para hacernos partícipes de su santidad. Bernardo de Claraval compara las aflicciones con la pequeña y dura carda que se utilizaba antaño para limpiar y suavizar la tela.

Dios ama tanto la pureza de sus hijos que nos frotará con mucha energía para eliminar la suciedad incrustada en nuestra naturaleza: él prefiere ver un roto antes que una mancha en el manto de sus hijos.

A veces la dirección soberana de Dios es más suave, y cuando permite que su pueblo se siente a la orilla soleada del consuelo, apartado de los fríos vientos de la aflicción, es para hacer subir la savia de la gracia y acelerar el crecimiento de la santidad. Pablo lo entendía al exhortar a los romanos: «Os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo,
agradable a Dios» (Ro. 12:1). Esto implicaba que Dios espera un rédito razonable de su misericordia para con nosotros.

Cuando el granjero abona la tierra, piensa recibir una cosecha mejor; también Dios lo espera, al prodigar su misericordia. Por ello censuraba a Israel por su ingratitud: «Y ella no reconoció que yo le daba el trigo, el vino y el aceite, y que le multipliqué la plata y el oro, que ofrecían a Baal» (Os. 2.8). Dios se airó por el adulterio de Israel a sus expensas.

Ciertamente el Padre no quiere que sus hijos gusten de cosas inmundas. El alimento que Dios desea para sí y para sus hijos se compone del fruto agradable de la justicia y santidad, para saborear el cual Cristo entra en su huerto: «Vine a mi huerto, oh hermana, esposa mía. He recogido mi mirra y mis aromas; he comido mi panal y mi miel, mi vino y mi leche he bebido» (Cnt. 5:1).

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