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Por: Thomas Watson

Tú diste alegría a mi corazón mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto. Salmos 4:7

Tú diste alegría a mi corazón. Los consuelos que Dios tiene reservados para sus hijos dolientes son consuelos que llenan el alma: «Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz». «Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo».

Cuando Dios derrama sobre sus hijos los gozos del cielo, estos llenan el corazón y lo desbordan: «Sobreabundo de gozo»; y en este caso la palabra griega utilizada por el apóstol significa «estoy desbordado de gozo», como una copa llena hasta el punto que el líquido rebasa los bordes y cae por el costado.

Los consuelos externos que ofrece el mundo no pueden llenar el corazón más de lo que un triángulo puede llenar un círculo; mientras que los gozos espirituales son completos y satisfactorios: «Como de meollo y de grosura será saciada mi alma, y con labios de júbilo te alabará mi boca». Tú diste alegría a mi corazón, exclama el salmista. Los goces de este mundo dan alegría al rostro, más el Espíritu de Dios pone alegría dentro del corazón; los goces divinos son goces del corazón: «Su corazón se gozará en Jehová».

«Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador». Y para demostrar de manera gráfica hasta qué punto llenan y satisfacen estos consuelos de fábrica divina, el salmista recurre a la comparación con las cosas materiales y afirma que proporcionan mayor alegría que el trigo y vino en abundancia. El vino y el aceite pueden deleitar, pero no satisfacer; son cosas perecederas, se pasan y por tanto se vuelven inservibles, insustanciales y vacuas, que nos llevan a exclamar, como el profeta Zacarías: «Vano es su consuelo».

Los consuelos del mundo pronto empalagan más que animan, y aburren más que satisfacen. Xerxes, ansioso de nuevas experiencias, ofreció una importante recompensa a quien fuera capaz de proporcionarle un placer nuevo; pero los consuelos del espíritu no necesitan buscar ni ofrecer nada, satisfacen plenamente, cautivan por entero el corazón: «Tus consolaciones alegraban mi alma». Entre los consuelos celestiales y los consuelos terrenales, hay tanta diferencia como la que pueda haber entre un banquete degustado sobre la mesa y otro simplemente pintado en un mural en la pared.

Sobre el autor: Predicador Puritano inglés, del que se ignora su genealogía y la fecha de su nacimiento. Estudió con ahínco en el Emmanuel College de la Universidad de Cambridge, llamada la “Escuela de los Santos”, porque allí recibió su educación universitaria un número elevado de los llamados Puritanos, o teólogos evangélicos reformados del siglo XVII.

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